En sus investigaciones, Guillermo Miller debió consultar los escritos de Johan Petri (1,718-1,792), pastor reformado, quien fue el primero en hacer comenzar al mismo tiempo la profecía de las 70 semanas y la profecía de las 2,300 tardes y mañanas; al final de la cual comenzaría el reinado milenario del Señor Jesús. Petri hacía comenzar los 2,300 años en el año 453 y terminar en el año 1,847; porque él consideró el relato bíblico que el Señor Jesús tenía como treinta años cuando fue bautizado; por lo que restó a las 69 semanas o 483 años los treinta años mencionados, que da lugar al año 453 a. C. En este punto, es interesante destacar que la interpretación de Petri, tiene cierta concordancia con la corrección del error de cálculo del monje Dionisio el Exiguo, quien computó el nacimiento del Señor, cuatro años después de que ese evento hubiera sucedido, lo que da lugar a considerar razonable, que el Señor Jesús se bautizó a los treinta años. Si el cálculo de Petri, y el cómputo de Dionisio el Exiguo son relativamente correctos, la profecía de Daniel 8 tuvo que comenzar en el año 453 a. C., y terminar en el año 1,847, y no en el año 1,844, como hemos creído , siguiendo el error de cálculo de tiempo del monje mencionado. Según nuestra interpretación tradicional, la profecía de las 2,300 tardes y mañanas, se inicia con la orden de volver y edificar Jerusalén; orden que debió ser dada por Artajerjes en los últimos días del año 458 a. C., a fin de que Esdras pudiera partir de Babilonia hacia Jerusalén el primer día del primer mes del año 457 a. C., según lo registrado en Esdras 7:9. Si lo anterior es correcto, los 2,300 años de Daniel 8, debieron terminar el primer día del primer mes del año 1,844; que en nuestro calendario gregoriano correspondió al 21 de marzo del año en mención. Miller entendió perfectamente bien esa porción profética, por lo que se dedicó a predicar que el Señor Jesús vendría en la primavera de 1,844. Lamentablemente, el Señor no vino en la fecha esperada, lo que dio lugar a que miles de milleristas experimentaran el primer chasco; incluyendo a la familia Harmon. Miller reconoció que se había equivocado y que estaba descorazonado. En esas circunstancias, el millerista Samuel Snow, no queriendo reconocer que se habían equivocado, reinterpretó la profecía; señalando que los 2,300 años no se iniciaban y terminaban en la primavera con la salida de la orden, sino con la implementación de la misma en otoño, en el día de la expiación, que se dio después de la llegada de Esdras a Jerusalén, contradiciendo con ello lo profetizado en Daniel 9:25 y registrado en Esdras 7:9. Esa reinterpretación se encuentra con el inconveniente -ya varias veces mencionado-, que en Esdras 7 no se registra ninguna orden de edificar Jerusalén y sus muros, y mucho menos la implementación de dicha orden, que sí encontramos en el libro de Nehemías. Miller inicialmente no aceptó lo propuesto por Snow por considerar que carecía de fundamento bíblico, pero seis meses después; específicamente dos semanas antes del 22 de octubre, cambió de opinión y se contagió e ilusionó con la posibilidad que de que el Señor viniera en la fecha recién propuesta. Llegó el 22 de octubre y el Señor no vino; lo que dio lugar a que algunos milleristas quedaran un tanto trastornados, al grado que se aferraban a cualquier interpretación que los hiciera sentir bien, y que le diera sentido a sus expectativas. Tal fue el caso de Samuel Snow, el millerista que propuso que el Señor vendría el 22 de octubre de 1,844, quien terminó afirmando en el año 1,848, que él era el primer ministro del Rey Jesús, y que Dios y el Señor Jesucristo lo habían comisionado para preparar el camino. Snow demandó que todos los reyes, presidentes, magistrados y ministros civiles y eclesiásticos le entregaran todo el poder y autoridad que tengan en sus manos, en el nombre del rey Jesús. Al llegar a este punto; considerando la ignorancia en las Escrituras de nuestros sinceros y honestos pioneros, debemos preguntarnos: ¿Será parte del plan de Dios que, en el siglo XXI – el siglo de las luces -, sigamos en el mismo nivel de obscurantismo profético de hace aproximadamente 180 años? Es tiempo de despertar y tratar de hacer algo, y no regodearnos con la idea de que no importan nuestros yerros proféticos, porque estamos bien, ya que somos la iglesia militante que terminará siendo la iglesia triunfante. En una iglesia triunfante, la verdad no puede estar mezclada con el error. Bendiciones.
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