Esta segunda parte, la iniciaremos compartiendo dos citas relacionadas con los pecados por yerro y los deliberados, registradas en el libro «El Templo», del erudito de origen judío Alfred Edersheim, publicado en 1874. En la página 91 del mencionado libro, Edersheim escribió lo siguiente: «EL SIMBOLISMO DE LA OFRENDA POR EL PECADO. Este es el más importante de todos los sacrificios. Hacía expiación por la persona del ofensor, mientras que la ofrenda por la culpa solo hacía expiación por una ofensa en especial… Ambos sacrificios se aplicaban solo por pecados por ignorancia, en contraste con los que se hacían presuntuosamente… para estos últimos la ley no proveía expiación». En la página 53, Edersheim escribe lo siguiente: «Para la profanación voluntariosa, arrogante, consciente, fuera con referencia al templo o a Dios, la ley no parece haber provisto ninguna expiación ni ofrenda. A esto alude la Epístola a los Hebreos en el bien conocido pasaje, tan frecuentemente mal comprendido: «Porque si pecaremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios (Hebreos 10:26-27)». En vista de que los israelitas -así como nosotros- pecaban voluntariamente y de manera cotidiana, la ley no les permitía ofrecer sacrificios expiatorios por sus pecados deliberados; pero si se arrepentían, eran alcanzados por el perdón que ofrecían los corderos matutinos y vespertinos presentados por el sacerdote, que representaban al Señor y su sacrificio expiatorio por nuestros pecados, que recibimos inmerecidamente por GRACIA. Después de haber revisado los sacrificios que los israelitas ofrecían por sus pecados por yerro, y los diferentes procedimientos que se implementaban en cada caso, registrados en Levítico 4, en esta publicación revisaremos lo que registra el Comentario Bíblico Adventista relacionado con el capítulo mencionado. En el tomo I, págs. 741-744, se consigna lo siguiente: «Al traer una ofrenda por el pecado al santuario, la persona literalmente presentaba el pecado que esta ofrenda representaba y por el cual debía hacer expiación… POR YERRO. Por inadvertencia, sin mala intención, inadvertidamente, descuidadamente, sin pensar… la pecaminosidad del pecado no depende necesariamente ni exclusivamente de lo que se hace… según esto, hay cierta gradación en los castigos impuestos por pecados cometidos por quienes están en niveles diferentes. En este capítulo se consideran cuatro clases de transgresiones… 3. El SACERDOTE UNGIDO… debía ofrecer un becerro por su pecado… 6. ROCIARA DE AQUELLA SANGRE… cuando el sacerdote ungido pecaba, la sangre era llevada dentro del tabernáculo… el sacerdote mojaba su dedo en la sangre y la rociaba siete veces delante del velo… también ponía parte de la sangre sobre los cuernos del altar del incienso… la parte de la sangre que no se usaba era vertida en la base del altar del holocausto… además, esta ASPERSIÓN se hacía SOLO cuando el SACERDOTE UNGIDO o la CONGREGACIÓN ENTERA PECABA. No tenemos registro de cuán a menudo pecaba el sumo sacerdote -por yerro- y debía presentar un becerro como ofrenda, pero suponemos que esto no acontecía con frecuencia… 13. TODA LA CONGREGACIÓN… Rara vez la nación entera podría pecar por yerro… en tales circunstancias, toda la congregación debía presentar la misma ofrenda exigida del sumo sacerdote cuando pecaba… 17. LA MISMA SANGRE. La ministración de la sangre era la misma que en el caso del sacerdote que pecaba (verso 7)». En este punto es necesario hacer una aclaración: en el comentario del verso 6, relacionado con el pecado por yerro de toda la nación, el Comentario Bíblico Adventista menciona lo siguiente:» El único registro concreto de un incidente tal -es decir un pecado por yerro -, es el caso del becerro de oro». La anterior afirmación puede dar lugar a desvirtuar y confundir lo que Levítico 4 califica categóricamente como pecado por yerro o sin mala intención, de lo que es el pecado de rebeldía, como fue el caso del becerro de oro. Una evidencia de que el caso del becerro de oro, no fue un pecado por yerro, sino un pecado deliberado; es el hecho, que ese evento dio lugar a que se encendiera la ira de Dios y de Moisés, debido a lo cual murieron en ese día 3,000 adoradores del becerro de oro. Volviendo al pecado por yerro de un jefe, en la pág. 745 del mismo tomo se comenta el verso 22 en los siguientes términos: «CUANDO PECARE UN JEFE. El jefe se refiere al principal de la tribu, o al principal de una división de una tribu… 25. LA SANGRE. La ministración de la sangre del macho cabrío es diferente de la del becerro. En este caso el sacerdote NO LLEVABA LA SANGRE AL SANTUARIO -lugar Santo -, sino que la recogía en una vasija y la llevaba al altar del holocausto. Allí aplica con el dedo la sangre a los cuernos del altar… 27. ALGUNA PERSONA DEL PUEBLO. El procedimiento era igual que en el caso del jefe – no se llevaba la sangre al lugar Santo-, con la excepción de que la persona debía presentar una hembra y no un macho». Lo anteriormente expuesto en el Comentario Bíblico, reafirma lo registrado en Levítico 4; que la sangre de las víctimas expiatorias de los individuos del común del pueblo o de un jefe, nunca se llevó al lugar santo, y mucho menos que se roció sobre el velo. También reafirma que los pecados por yerro del sacerdote ungido o de toda la congregación -no los deliberados que fueron muchos -, fueron extremadamente raros, por no decir inexistentes, lo que no daba lugar a que regularmente se contaminara el velo con la sangre expiatoria de las víctimas por los pecados por yerro. Lo anterior desvirtúa la creencia de que, al final del año, el velo estaba extremadamente contaminado por los pecados del pueblo de Israel. Lo que sí es cierto, es que al final del año el lugar más contaminado del santuario, fue el altar del holocausto, donde se derramaba a su pie la sangre de todas las víctimas expiatorias por los pecados de la nación judía. Una última observación, es que en el apéndice número 9 del libro Patriarcas y Profetas, tratando de respaldar lo registrado en la pág. 368, menciona lo siguiente: «Cuando se ofrecía un sacrificio expiatorio para un sacerdote o para toda la congregación, se llevaba la sangre al lugar santo y era derramada ante la cortina y puesta sobre los cuernos del altar de oro… Sin embargo, si el sacrificio era para un príncipe o para un miembro del pueblo, no se llevaba la sangre al lugar santo, sino que la carne era comida por el sacerdote… en el lugar santo será comida, en el atrio del tabernáculo del testimonio (Levítico 6:26)». Es posible que la última parte de la declaración del apéndice 9, pretenda respaldar nuestra creencia de que en el lugar Santo se ejerció un ministerio expiatorio e intercesor a favor de los individuos que pecaban cotidianamente. Esa declaración presenta dos inconvenientes: A- Que el sacerdote nunca comió la carne de la víctima expiatoria en el lugar Santo como podríamos equivocadamente deducir del texto; sino en EL ATRIO DEL TABERNÁCULO DEL TESTIMONIO, como lo registra el verso antes citado. B- Que en el lugar Santo se desarrollaban actividades relacionadas con la adoración y agradecimiento a Dios, como eran el incienso que se quemaba todos los días en el altar de oro, y los panes de la proposición que se cambiaban todas las semanas en ese lugar. Por todo lo anteriormente considerado, es evidente que nuestra creencia de que el ministerio expiatorio e intercesor del Señor Jesús, se desarrollaría en dos etapas en tiempos diferentes: una en el lugar santo, y la otra en el lugar santísimo; que encuentra su contraparte en un ministerio expiatorio en el lugar santo después de su ascensión, y la otra a partir del año 1,844 en el lugar santísimo, es contraria a lo revelado en Levítico 4, y confirmado en el Comentario bíblico adventista. Bendiciones.

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