En este artículo, consideraremos lo que revelan las Escrituras tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento acerca de la deidad, y muy particularmente las declaraciones del Señor Jesús acerca de su subordinación y dependencia del Padre. Como escribimos en un artículo anterior, en esta investigación de la deidad obviaremos considerar cualquier texto bíblico, donde no se haga una mención directa de Dios el Padre o Dios el Hijo, a fin de no entrar en suposiciones, deducciones y asociaciones entre textos fuera de contexto, para forzar determinada interpretación. Reiteramos lo ya expresado anteriormente, de que no ponemos en duda la divinidad plena del Señor Jesús, pero sí, que no encontramos en las Escrituras pruebas categóricas de que el Hijo es tan coeterno como el Padre. En vista de lo anterior, los primeros textos que consideraremos son los que pueden tener alguna relación con la supuesta eternidad -sin inicio ni fin- del Hijo de Dios. Antes de continuar, debemos ser claros en señalar que en todas las Escrituras no existe un solo texto bíblico que declare directamente que el Hijo de Dios es tan eterno como el Padre. Los únicos textos de donde podríamos deducir que el Hijo de Dios es coeterno con el Padre son: Proverbios 8:22-23, Isaías 9:6 y Miqueas 5:2. El primer texto, Proverbios 8:22-23, la Biblia Peshita, -una traducción de antiguos manuscritos arameos- lo registra de la siguiente manera: «Yahwe me creó en el principio de sus creaciones, antes que a todas sus obras; antes que las eternidades fui establecido, desde el principio y antes de que él hiciera la tierra». Estos textos fueron citados al menos por dos padres de la Iglesia en los tres primeros siglos de nuestra era, y actualmente tanto los trinitarios como los antitrinitarios los esgrimen para sustentar sus posturas. Los antitrinitarios, sostienen que el Hijo de Dios fue creado por Yahwe como el primero de sus creaciones, antes que todas sus obras. Por otro lado, los trinitarios afirman que en el verso 23 de la versión Reina-Valera, se menciona que: «Eternamente tuve el principado, desde el principio». El problema de la última afirmación de los trinitarios es que la palabra «eternamente» en este texto se deriva de la palabra hebrea «cadmá», cuyo significado primario es «antes que» o «antiguamente» que no está relacionado con un periodo SIN INICIO, como se puede interpretar, al no entender el significado de esa palabra en hebreo. Lo anterior descarta la posibilidad de que el Hijo de Dios no haya tenido un principio, y en consecuencia, sea tan eterno como el Padre. La segunda cita, Isaías 9:6, registra en la parte final del texto la frase «Padre eterno», que los trinitarios asumen que se refiere al Hijo de Dios. En este caso, la palabra eterno se deriva de la palabra hebrea «ad» cuyo significado primario es «DURACIÓN EN SENTIDO DE AVANCE» o perpetuidad, es decir, un período con inicio pero sin fin. Lo anterior expuesto es diferente a la interpretación que le dan los trinitarios, asumiendo que en esa frase, la palabra eterno se refiere a un periodo sin comienzo, con lo que pretenden también demostrar que el Hijo de Dios es coeterno con el Padre. El último texto: Miqueas 5:2, que menciona que sus salidas son desde EL PRINCIPIO, desde los días de la eternidad, presenta la misma situación que la de los dos textos anteriores considerados. En este caso, la palabra eternidad, se deriva de la palabra hebrea «olam» que puede significar «principio del mundo», “antigüedad” o eternidad, no en sentido absoluto, es decir, sin principio ni fin. Lo anterior lo corrobora el Diccionario Bíblico Adventista en la pág. 413, donde registra lo siguiente: «Ni «olam» en hebreo, ni «aiónios» en griego por si mismos implican un tiempo sin principio ni fin, como lo sugiere la palabra española «eterno»… «Olam» indica un periodo de duración indefinida cuyos límites son desconocidos o no especificados». El anterior texto, tampoco se presta para interpretar que el Hijo de Dios no tuvo inicio, como lo pretenden los trinitarios, y que es tan eterno como Jehová. Después de haber mencionado,que no existe en todas las Escrituras un solo texto que afirme directamente que el Hijo de Dios es tan eterno como Dios Padre, y haber revisado los tres textos del Antiguo Testamento que mencionan las palabras eterno, eternamente y eternidad, que los trinitarios asocian y atribuyen al Hijo de Dios, queda en evidencia que dichas palabras registradas en esos textos, son el fruto de una mala traducción, realizada por traductores no malintencionados, pero condicionados por la creencia de su tiempo acerca de la Trinidad. A esta altura debe quedarnos claro, que no existe en los textos recién considerados una declaración directa ni indirecta de que el Hijo de Dios es tan eterno como el Padre, y que lo que han creído y sostenido los trinitarios es el fruto de suposiciones y deducciones sin ningún fundamento bíblico. El siguiente punto a considerar, es si encontramos en las Escrituras que el Hijo fue subordinado al Padre. Para tal fin revisaremos las declaraciones del Señor Jesús registradas en el Evangelio de Juan, a fin de evitar repeticiones de relatos que están registrados en los restantes evangelios. No olvidemos que, si hay alguien calificado para hablar de la naturaleza de la divinidad, es el Hijo de Dios, una de las personas de esa deidad. Iniciaremos esta investigación citando Juan 10:30, donde el Señor Jesús declara: «Yo y el Padre uno somos». La anterior afirmación es confirmada en Colosenses 1:15, 19, donde se menciona que el Hijo de Dios, el Señor Jesús, es LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE, y que agradó al Padre que en él habitase toda plenitud. En Colosenses 2:9 se termina de aclarar los versos anteriores, al mencionar lo siguiente: «Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la DEIDAD». Las anteriores declaraciones las complementa Hebreos 1:3, donde se cita lo siguiente: «El cual, siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia …» Por lo registrado por el apóstol Juan, es incuestionable que el Padre y el Hijo son de la misma sustancia, y que en el Hijo habita corporalmente toda la plenitud de la deidad. No obstante lo anterior, es decir, que el Padre y el Hijo son de la misma sustancia y, por lo tanto, iguales el uno con el otro, el Señor Jesús lo llama mi Padre en 25 ocasiones y mi Dios en otras dos. La primera ocasión, en que el Hijo llamó Dios a Jehová, es después de haber resucitado, cuando le dice a María: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre y mi Dios y a vuestro Dios. La segunda ocasión, es cuando está clavado en la cruz y exclama: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? En este punto, es importante destacar que el Hijo de Dios, siendo igual al Padre, jerarquizó la relación con Jehová Dios, al llamarlo mi Padre y mi Dios. Por otro lado, también es relevante señalar que el Hijo de Dios, que era igual al Padre, se catalogó como un enviado y, por lo tanto, subordinado al Padre en treinta ocasiones. No fueron dos ni cinco veces que afirmó que él era un enviado del Padre, posiblemente para dejar claro, y sin lugar a ninguna duda, que el Padre era mayor que él. En ese contexto, se entiende mejor por qué el Señor Jesús repitió la Shemá al declarar que Jehová uno es, es decir, el único Dios y originador de todo lo creado. No olvidemos que el Señor Jesús no era ajeno a la declaración de Deuteronomio 6:4, porque él existió antes de Moisés, y posiblemente fue el revelador de ese texto y, si no, conocedor de su existencia y su significado. Por todo lo anteriormente considerado, podemos ir concluyendo lo siguiente: 1- Que el Hijo de Dios y el Padre eran uno, por no decir iguales -como lo afirmaron los judíos-, por ser de la misma sustancia divina que el Padre. 2- También podemos concluir que el Hijo de Dios, por alguna razón que no conocemos o entendemos, jerarquizó la relación con el Padre, llamándolo mi Padre y mi Dios, llegando al punto de reconocer que Jehová era mayor que él, y que estaba subordinado a él, al catalogarse como un enviado del Padre. Es posible que, al llegar a este punto, más de alguno pretenda objetar lo aquí compartido porque no concuerde con lo que ha creído, sin verificar si lo que ha creído está realmente fundamentado en las Escrituras; por lo que buscará textos bíblicos que refuten lo declarado por el Hijo de Dios. En este artículo, no se procura entender ni explicar todo lo relacionado con la deidad, porque sería algo extremadamente pretencioso, es decir, que un ser finito y pecador, trate de entender y explicar a un ser infinito y puro; sino solo considerar lo que está revelado al respecto, y con mucha más razón si esa revelación proviene del Hijo de Dios, la segunda persona de la deidad. Si nos vemos tentados a hacer malabarismos exegéticos para contradecir lo declarado por el Hijo de Dios, entraremos en un laberinto del que no sabremos cómo salir de el. Terminamos recordándoles que el Señor Jesús repitió 2,500 años después de Moisés: “Adonai ejad“ que significa «Jehová uno es». Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Continuará. Bendiciones.

Gracias Frank por este IV ensayo teológico propositivo
Estoy 100% de acuerdo en que el Señor Jesús en su ministerio terrenal fue de subordinación total al Padre. Esto nos enseña la lección más grande de humildad y reverencia hacia El. Quiero aclarar que esto recién lo he admitido como una verdad bíblica.
Sin embargo, no encuentro cita bíblica, donde se muestre que el Señor Jesús tuvo un tiempo en la eternidad del Padre cuando El fue creado. Isaías 43:10 nos advierte de esta posición teológica. En este texto habla Jehová y dice: «…antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí-» Veo mucha contundencia en este texto bíblico.
Sobre Marcos 12:29, donde Jesús cita Deuteronomio 6:4: «El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es». Esta cita confirma precisamente el monoteísmo bíblico. Jesús, como judío bajo la Ley, reafirmó la verdad fundamental de que no existen varios dioses ni divinidades secundarias. Lo fascinante es ver cómo los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, explicaron cómo el Hijo está incluido dentro de ese único Dios del Shemá. Por ejemplo, el apóstol Pablo —educado a los pies de Gamaliel— reestructura el Shemá de Deuteronomio 6:4 en 1 Corintios 8:6 para incluir al Padre y al Hijo dentro de la misma identidad divina: «Para nosotros, sin embargo, hay un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas… y un solo Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas…» En el contexto del monoteísmo judío, atribuir al Hijo el título de «único Señor» (Kyrios, traducción de YHVH en la Septuaginta) al lado del «único Dios» (Theos) no crea un segundo Dios, sino que reconoce al Hijo en la plenitud de la deidad inmaterial del Dios de Israel.
En cierta ocasión hablé con el presidente de nuestra unión acerca del nombre Trinidad, lo cual desafía teológicamente el «Shemá». Esta palabra sí que crea un enorme problema con el monoteísmo bíblico del cual nos advierten las Escrituras de no más de «un solo Dios». Es interesante notar que el Nuevo Testamento menciona la palabra deidad, sinónimo de Dios. «En Jesús habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad».
Debo aceptar que es imposible penetrar la mente infinita del Creador con nuestra mente humana finita, pues solo el Espíritu Santo, que todo lo escudriña, aun la mente de Dios, puede revelarnos la naturaleza del Hijo de Dios. En nuestra posición solo tenemos acceso a lo que está escrito en su Santa Palabra y conocer a Dios y a su Hijo Jesús; solo el Espíritu Santo nos lo puede aclarar.
Gracias, Frank, por el desafío de estudiar este maravilloso tema.