Antes de iniciar un nuevo artículo, debemos abordar y aclarar un texto que los simpatizantes del trinitarismo pueden argumentar a favor de la eternidad del Señor Jesús. Ese texto es Hebreos 1:8 que reza así: «Mas del hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo» En otras versiones, la parte final del texto se traduce: «Tu trono, oh Dios, es eterno», que algunos pueden interpretar, como que el trono del Hijo de Dios no tiene principio ni fin. En relación con este texto, es importante aclarar que la palabra eterno (aiónios) no aparece en el texto original en griego; que, en caso de que apareciera, como ya vimos, no implica por sí misma un período sin principio ni fin. En este caso se registra la palabra siglo (aión), que se deriva de la palabra (aeí), que significa «DURACIÓN CONTINUADA o SIEMPRE». Lo anterior lo confirmamos al revisar ese texto en el griego original, donde se menciona que el trono del Hijo de Dios es HASTA el siglo del siglo, lo que no da lugar a deducir que se refiere a un período sin comienzo, sino a un futuro sin fin. Volviendo al artículo que vamos a desarrollar, es claro que por lo publicado en el artículo anterior, no podemos seguir afirmando que el HIJO DE DIOS NO SOLO ES PREEXISTENTE, SINO EXISTENTE POR SÍ MISMO, CUYA VIDA ES ORIGINAL, NO PRESTADA NI DERIVADA DE OTRA, como lo afirma una escritora trinitaria. En esta ocasión, procederemos a revisar una de las declaraciones que causó mayor confusión y debate en el concilio de Nicea, que posiblemente sigue confundiendo a la cristiandad actual. Ese punto tiene que ver con la preocupación de los trinitarios, de que si el Hijo de Dios no es tan eterno como el Padre, y está subordinado a Él, entonces el Señor Jesús es un Dios menor que no podía llevar a cabo el plan de salvación. El problema de los participantes en el concilio de Nicea, y de algunos de nosotros, es que valoramos las cosas celestiales con la misma medida que valoramos las cosas terrenales, caracterizadas por el egoísmo y la mezquindad humana, donde el más poderoso y más fuerte es el más importante, en nuestra escala de valores. Se nos olvida la enseñanza del Señor Jesús en palabra, apoyado por su ejemplo; de que no solo en las cosas celestiales, sino también en las terrenales, cuando permitimos que nuestras mentes sean transformadas por el Espíritu de Dios, el desear ser el primero pierde importancia, porque vemos a nuestro prójimo en un plan de igualdad, no importando lo mucho o poco que posea. En los hijos de Dios, iluminados por la Palabra, no debe haber egoísmo ni celos porque alguien sea «más que el otro» y mucho menos en las personas de la deidad que se regocijan en todo lo bueno que los otros seres celestiales hacen por la humanidad. Lamentablemente, nosotros nos ponemos celosos de que se pueda considerar al Hijo de Dios una divinidad menor; celo y preocupación que solo existe en nuestra mente, pero no en las esferas celestiales. El Señor Jesús fue categórico al señalar que, a la vista de Dios el más grande no es el que más tiene y ostenta, sino el que sirve y ayuda a los demás, que es extensivo a la divinidad. Por eso el Señor Jesús pudo decir que era un enviado del Padre aproximadamente treinta veces y que el Padre era mayor que él, porque en esa relación no es importante quién es el mayor, sino quién sirve más, especialmente en el plan de restaurar al hombre a su condición original. El pretender o querer ser el más importante no es parte de la atmósfera celestial y el que lo pretendió (Lucifer), terminó excluyéndose de ese ambiente, que era extraño a sus expectativas. Cuando el Hijo de Dios, en el ritual del lavamiento de los pies, tomó una toalla y se ciñó para empezar a lavar los polvorientos, sino lodosos pies de sus discípulos, ejemplificó lo que venimos mencionando, que nadie es menos importante que el otro, y mucho menos, si su vida es una vida de servicio a favor de los demás; como también fue la vida del Hijo de Dios, que siendo igual a Dios, estuvo dispuesto a encarnarse y sufrir el martirio a fin de rescatar a la raza humana. Si partimos de la declaración de Deuteronomio 6:4, que Jehová uno es, y que no hay otro dios fuera de el, y consideramos lo mencionado por el propio Hijo de Dios en el Nuevo Testamento, de que «Jehová uno es»; a lo que le agregó, que él era un enviado del Padre, y que el Padre era mayor que él, no nos queda más que aceptar la revelación divina, de que el Hijo de Dios, quien era verdaderamente Dios por ser de la misma sustancia que el Padre, que daba lugar a que en él habitara toda la plenitud de la deidad, no fue como PERSONA DIVINA, tan coeterno como el Padre. Pudo estar en la mente de Dios -que es omnisapiente-, por la eternidad, antes de traerlo a la existencia para que participara en la creación del universo, como afirmó un Padre de la Iglesia, pero eso no implica que fue preexistente y que su existencia no se deriva del Padre. Bendiciones.

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