En el artículo anterior, consideramos la solicitud de una delegada europea, de disponer de mayor información de los candidatos a dirigentes de las trece Divisiones a nivel mundial, a fin de tener idea de quiénes son las personas por las que se solicita votar. La anterior solicitud deja en evidencia que nuestro procedimiento para escoger a los líderes regionales es obsoleto para una iglesia mundial del siglo XXI, lo que nos obliga a revisarlo para mejorarlo. Una alternativa más realista, práctica y democrática, sería escoger a los dirigentes regionales cada cinco años en un congreso en cada División, con la participación exclusiva de los delegados de esa región, a quienes les corresponde el privilegio y la responsabilidad de escoger sus dirigentes. También abordamos la urgente necesidad de tener Congresos Mundiales más representativos, con delegados de la membresía con todos los gastos pagados, como contraparte de los delegados que son empleados de la denominación; a fin de que nuestras decisiones sean más democráticas y acertadas, al contar con la participación de los que, quiérase o no, son los que sostienen económicamente este movimiento y financian cada Congreso Mundial. La segunda participación fue de un delegado de la División Norteamericana, quien comentó que habíamos pasado la mayor parte de los últimos tres días -de domingo a martes- , REVISANDO SOLO PALABRAS del Manual de la iglesia, señalando con ello, que dicha revisión había sido más de forma que de fondo, cuando se pudieron abordar asuntos más importantes. Lo preocupante de lo anterior, es que en ese tiempo no se cubrió ni el 60% de lo que estaba planificado revisar de dicho manual, por lo que se pasó el resto del trabajo a la Comisión del Manual de la iglesia, adonde los delegados podían acudir para presentar sus sugerencias; algo que debió hacerse desde el principio. La oportuna segunda participación dejó en evidencia, la inadecuada planificación de los organizadores del congreso, que parecía que estaba orientada a ocupar la mayor cantidad del tiempo del congreso en supuestamente revisar el Manual de la iglesia, que resolver un problema real. En futuros congresos, podríamos dedicar tiempo a formular y presentar planes de trabajo de cada División, e informes del nivel de ejecución que alcanzó cada región en el período transcurrido, que sería de más interés para todos, tanto de los administradores mundiales, como para los delegados, así como para el público que asiste al congreso; que una revisión de muy poca relevancia del manual de la iglesia, de la cual se encargaría la Comisión de dicho manual, que consideraría las sugerencias de los delegados; elevando al pleno para revisar las nuevas sugerencias importantes que vayan surgiendo. El problema de adaptar la anterior medida, es que, como iglesia no hemos visto la importancia de la planificación a mediano plazo o quinquenal, y mucho menos de la planificación operativa que se hace cada año, que genera compromiso y responsabilidades que hay que darles cumplimiento en determinado plazo. Nuestros planes, regularmente, solo son planes de buenas intenciones que no nos llevan muy lejos. Un ejemplo de lo anterior, es que nuestros pastores no tienen un horario de trabajo que cumplir, ni un plan que desarrollar, con sus objetivos y metas cuantificables que alcanzar, con sus respectivos indicadores de actividades y de resultados y una estrategia a seguir. Podríamos argumentar, que ellos dedican tiempo para preparar sus sermones, pero ese tiempo también debe ser parte de un plan de trabajo. Recuerdo que hace unos años, un prestigiado profesor de teología de una de nuestras principales universidades me comentaba: que nuestros pastores salen de los seminarios creyendo que lo saben todo, y que en su trayectoria laboral no evolucionan; y siguen repitiendo lo que aprendieron en el seminario. Que su quehacer teológico se limita a preparar una serie de sermones, que van repitiendo en cada distrito al que los van asignando. Esa es una de las razones de nuestra falta de crecimiento como iglesia, y la tendencia a desaparecer en los países desarrollados. Un ejemplo de lo anterior, es que la iglesia a la que he asistido en los últimos catorce años no ha crecido, y seguimos siendo casi los mismos que cuando llegué. En cierta medida, lo anterior se debe a la falta de vocación de las nuevas generaciones, pero más que nada a la falta de una planificación operativa que genere un sentido de urgencia, indicando lo que debe hacerse en determinado tiempo, para alcanzar las metas propuestas. La culpa, no es del todo de nuestros pastores, que ven en la carrera teológica una profesión más; sino de los que tienen la responsabilidad de dirigir y organizar la iglesia a todo nivel. Dios es un Dios de orden, y eso es extensivo a lo que hacemos por Él, como lo encontramos registrado en el relato bíblico de alguien que quiere construir; pero que antes, debe hacer preparativos o planes para que esa construcción llegue a un final feliz. Al planificar, no le quitamos lugar al Espíritu Santo en nuestro quehacer cotidiano de cumplir la misión, sino que ordenamos nuestros pasos, para hacerlo mejor. No podemos terminar esta sección sin dejar de reconocer que tenemos pocos, pero excepcionales pastores consagrados a la predicación del evangelio, que son una inspiración para sus congregaciones. Durante el congreso, nos llamó la atención escuchar en las predicaciones frases como las siguientes: «No hay tiempo de entrar en controversias, es tiempo de enfocarnos en la Misión»; o «No debemos fijarnos en los problemas que hay dentro de la iglesia, porque si lo hacemos, nos volvemos un problema». Esas frases son similares a las que escuché en una predicación en una de nuestras universidades, de parte de un visitante de la Conferencia General, que entre otras cosas dijo: Que no hay que fijarnos en los problemas que hay dentro de la iglesia, sino enfocarnos en la Misión, y entonces los problemas desaparecerán. No hay que darle importancia a las dudas que nos acechan , porque si nos enfocamos en la Misión, las dudas desaparecerán. Las anteriores declaraciones son medias verdades, porque las controversias, los problemas ni las dudas desaparecerán si nos enfocamos en la Misión. Debemos tener el deseo y la firmeza de dar cumplimiento a nuestra misión, pero también la entereza de reconocer que las controversias, los problemas y las dudas no surgen solas y debemos buscarles una razonable explicación. Es preocupante que, en cierta manera, se nos esté invitando a que no pensemos y aceptemos todo sin reflexionar ni hacer un análisis de lo que nos dicen; que no es propio de sanos hijos de Dios que tienen el derecho de ejercer su libre albedrío para aceptar o rechazar cualquier enseñanza que se les presente, especialmente en un área tan sensible como es la espiritual. Por otro lado, la Gran Comisión nos invita a enseñar todas las cosas que el Señor Jesús HABÍA MANDADO, pero no las creencias que son fruto de nuestras suposiciones, especialmente en el área profética. Perfectamente, podemos enfocarnos en cumplir la Gran Comisión, sin dejar de cuestionar las interpretaciones proféticas, que no tienen fundamento bíblico ni histórico, y eso no debe ser controversial, ni problemático, sino algo que debe animarnos a revisar periódicamente lo que hemos creído, y de ser necesario, proceder a una honrosa rectificación. Bendiciones.

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