En este artículo revisaremos algunas declaraciones que hemos formulado, relacionadas con las ofrendas expiatorias por el pecado del común del pueblo, que se presentaban todos los días en el santuario terrenal, y las ofrendas matutinas y vespertinas que podían expiar el pecado de toda la nación: A – La primera afirmación, es que individualmente los israelitas presentaban como ofrenda expiatoria por el pecado que cometían, un CORDERO de un año sin defecto. Esa afirmación no está basada en los libros del pentateuco, donde se registran los sacrificios que debían ofrecerse en ocasión de los diferentes rituales; sino, en la declaración pública de Juan el Bautista, quien señaló al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. B – Que la sangre de la víctima expiatoria por el pecado del común del pueblo, se introducía al lugar santo y se asperjaba siete veces sobre el velo, quedando este contaminado por él y todos los pecados que cometían los individuos en el transcurso del año. Al respecto, en el libro Patriarcas y Profetas, pág. 367-368, se menciona lo siguiente: «La parte más importante del servicio diario era la que se realizaba en favor de los individuos. El pecador arrepentido traía su ofrenda a la puerta del tabernáculo y colocando la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados … Con su propia mano mataba entonces al animal, y el sacerdote llevaba la sangre al lugar Santo y la rociaba ante el velo …» C – Que debido a lo anteriormente mencionado, hemos concluido que en el lugar Santo se ejercía un ministerio parcialmente expiatorio e intercesor a favor de los israelitas, que culminaba en el día de la expiación con la vindicación o «purificación» del santuario de todos los pecados transferidos a él. Lo anterior lo confirmamos en el libro antes mencionado, pág. 371, donde se registra: «El ministerio de Cristo iba a consistir en dos grandes divisiones, ocupando cada una un período de tiempo y un sitio distinto en el santuario celestial … como Cristo, después de su ascensión, compareció ante la presencia de Dios para ofrecer su sangre en beneficio de los creyentes arrepentidos, así el sacerdote rociaba en el servicio diario la sangre del sacrificio en el lugar santo en favor de los pecadores.» A fin de validar o invalidar las anteriores declaraciones, revisaremos lo que registra la Escritura al respecto, y especialmente lo consignado en Levítico 4. Para comenzar, es importante anticipar que en el capítulo antes mencionado, se registran las ofrendas que debían presentarse ante el santuario, y el procedimiento a seguir por el pecado del sacerdote ungido, de toda la congregación o corporativo, de un jefe y de los individuos del común del pueblo. También es importante destacar que en el ritual diario, los sacrificios individuales ofrecidos eran por los pecados por YERRO, es decir, sin intención, por ignorancia, inadvertidamente; en otras palabras, por pecados que no se cometían deliberadamente, por los cuales se debía ofrecer sacrificios, cuando el individuo o la congregación entera se percataba que había fallado, aun sin intención de hacerlo. Por los pecados deliberados cometidos cotidianamente, la ley no permitía ofrecer sacrificios expiatorios, especialmente si estos eran graves y públicos. Si estos trascendían al público, la condena era la muerte; pero si no trascendían y quedaban dentro de la privacidad del ofensor, esos pecados podían ser cubiertos por la sangre de los corderos matutinos y vespertinos, cuando el pecador se arrepentía de su pecado. Las víctimas expiatorias ofrecidas por el sacerdote representaban al Señor, quien también era representado por los animales sacrificados, con cuya sangre el pecador alcanzaba un perdón inmerecido dado por gracia. En el caso del pecado por yerro del sacerdote ungido, este tenía que ofrecer un becerro como sacrificio expiatorio, cuya sangre llevaba al interior del lugar Santo, donde la rociaba siete veces hacia el velo del santuario, así como también la ponía sobre los cuernos del altar del incienso; echando el resto al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión, es decir, en el atrio del templo ( Levítico 4:3-7). Para el pecado de toda la congregación o corporativo; el sacrificio y el procedimiento era similar al del sacerdote ungido, quien rociaba la sangre siete veces hacia el velo que estaba en el lugar Santo, untándola también sobre los cuernos del altar que está en el tabernáculo de reunión; derramando el resto al pie del altar del holocausto (Levítico 4:13-18). Para expiar el pecado de un jefe, este tenía que ofrecer un macho cabrío como sacrificio, cuya sangre no entraba al lugar Santo, sino que se ponía sobre los cuernos del altar del holocausto, derramando el resto al pie del mencionado altar (Levítico 4:22-25). Si el pecado por expiar, era de un individuo del común del pueblo, este ofrecía una CABRA no un cordero, cuya sangre tampoco se introducía al lugar Santo, sino que se untaba sobre los cuernos del altar del holocausto, derramando el resto al pie de dicho altar (Levítico 4:27-30). Lo anteriormente considerado nos revela, que la sangre de la víctima expiatoria por el pecado de los individuos nunca se introdujo en el lugar Santo, por lo que no podemos afirmar que en ese lugar se ejerció un ministerio expiatorio e intercesor por los individuos del pueblo de Israel. Los pecados por YERRO del sacerdote ungido, dada su condición, fueron prácticamente inexistentes; así como los pecados por YERRO de toda la congregación, que debía presentar ofrenda expiatoria por el pecado sin intención, cuando llegaba a la conciencia de haber pecado sin proponérselo. El único registro bíblico que tenemos de un pecado tal, posiblemente, fue el pedido de los israelitas de ser como las demás naciones, con un rey que los gobernara. Los restantes pecados corporativos que cometieron, fueron pecados deliberados, por los cuales la ley no les permitía ofrecer sacrificios expiatorios. Lo mismo pasaba con los pecados por yerro de un jefe o los individuos del común del pueblo, en cuyos casos, la sangre de las víctimas expiatorias tampoco entraron al lugar Santo. Terminamos formulando la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos seguir afirmando que en el lugar santo se ejerció un ministerio expiatorio a través de la sangre de las víctimas por el pecado, que se asperjaba en ese sitio, cuando en realidad nunca se llevó la sangre a dicho lugar? Continuará. Bendiciones.

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