Últimas aclaraciones. Parte II.

| Frank Claros

En esta segunda parte, compartiré el proceso a través del cual el Señor me llevó a encontrarme con las inconsistencias en nuestra interpretación profética, las que no estaba buscando. Habiendo sido y siendo actualmente un permanente buscador de la verdad; después de mi bautismo, me propuse leer toda la Biblia, para asegurarme de que la verdad del sábado era incuestionablemente bíblica. Esa práctica, es decir, llevar el año bíblico cada año, la repetí al menos por los siguientes quince años. En cierto momento en ese proceso, descubrí que no sacaba el provecho que esperaba de esa lectura, porque era una lectura mecánica repetitiva. Debido a lo anterior, decidí leer cada año una versión diferente de la Biblia, encontrándome con el tiempo, el mismo problema, con el agravante de que ciertas porciones bíblicas aún no las entendía como las debía entender después de tantos años de leerlas. Ante tal situación, decidí volver a leer la Biblia en pequeñas porciones, como las que encontramos entre subtítulos en cada capítulo, sin pasar al siguiente subtítulo si no había comprendido satisfactoriamente lo relatado en la porción estudiada. Evidentemente, con ese nuevo método de lectura, necesité varios años en estudiar minuciosamente toda la Biblia. A fin de estar mejor preparado para cumplir con el objetivo propuesto, adquirí los Interlineales hebreo-español y griego-español; la Concordancia de Strong; varios diccionarios bíblicos, incluyendo el adventista; los siete tomos del Comentario bíblico adventista; el Comentario bíblico de Adam Clark y el Comentario de Mathew Henry; La Biblia hebrea con su traducción al español, que fue de gran bendición, porque me ayudó a entender mejor los textos que confundieron a nuestros sinceros pioneros, incluyendo a Elena G. de White, quienes formularon interpretaciones basadas en traducciones deficientes de las Escrituras como la King James; la Biblia Peshita, que es una traducción de antiguos escritos arameos; las dos colecciones de libros de la historia judía de Flavio Josefo y numerosas otras obras de historia judía. La primera dificultad con el nuevo plan de estudio, la hallé en Génesis 30:25-43, donde se relata el trato y las tretas entre Labán y Jacob, que permitió que el rebaño de las ovejas de Jacob fuera mejor que el de Labán. La segunda y mayor dificultad, la encontré en los relatos de los capítulos 6 y 7 de Esdras; porque en el capítulo 6 del libro mencionado no se registra el tercer decreto de Artajerjes, que según nosotros dio cumplimiento a Daniel 9:25, es decir, la orden de edificar Jerusalén y sus muros. Lo que sí encontramos en ese capítulo es el tercer decreto para construir el templo, templo que se terminó y se dedicó aproximadamente 50 años antes de que Esdras llegara a Jerusalén. En este punto de mi estudio de las Escrituras, buscando entender mejor la Palabra de Dios en forma general, NO LAS PROFECÍAS, comenzaron mis problemas, porque no lograba conciliar lo revelado en las Escrituras con lo interpretado por nuestra iglesia, de que en Esdras 6 se encuentra el tercer decreto de Artajerjes que da cumplimiento a Daniel 9:25 es decir, la orden de edificar Jerusalén y sus muros. Lo anterior me obligó a investigar mejor, no solo el resto del libro de Esdras, sino el libro de Nehemías y el capítulo 8 de Daniel. Al estudiar minuciosamente el libro de Nehemías, encontré en el capítulo 2, no solo la solicitud de Nehemías para que el rey le autorizara viajar a Jerusalén a reedificar la ciudad de los sepulcros de sus padres, sino el relato de la edificación de los muros, la repoblación de Jerusalén y la solemne dedicación de los muros en los capítulos 3, 11 y 12 del libro en consideración. Por otro lado, por más que busquemos en Esdras 7 el decreto de construir los muros y la ciudad de Jerusalén, no lo encontramos, y mucho menos el registro de la implementación de dicha orden, lo que deja en evidencia que toda nuestra interpretación de que Esdras dio cumplimiento a lo profetizado en Daniel 9:25 en el año 457 a. C. está basada en suposiciones y conjeturas, y no en un escrito está, como lo encontramos categóricamente registrado en el libro de Nehemías, quien viajó a Jerusalén en el año 444 a. C. Elena G. de White confirma lo anterior en el libro Profetas y reyes, pág. 467, al mencionar lo siguiente: «Nehemías… solicitó autoridad para edificar los lugares asolados de Jerusalén» y en la pág. 470 reitera lo anterior al afirmar lo siguiente: «Nehemías había traído un mandato real que requería a los habitantes que cooperaran con el en la reedificación de los muros de la ciudad …». Si lo anteriormente expuesto es correcto, como efectivamente lo es, por lo revelado en las Escrituras, y confirmado por Elena G. de White, la profecía de las 2,300 tardes y mañanas no pudo comenzar en el año 457 a. C. con el viaje de Esdras a Jerusalén, sino en el 444 a. C. o un poco después, cuando Nehemías llegó a la ciudad santa; por lo que la profecía tampoco pudo terminar en el año 1,844, lo cual representa un gran problema en nuestra interpretación profética, que no podemos ignorar ni explicar satisfactoriamente. Después de haberme encontrado con esta contradictoria situación, dediqué cinco años a investigar lo que nuestros más calificados eruditos y experimentados teólogos han escrito sobre el relato de Esdras 6 y 7 y las profecías de Daniel, encontrando que no es muy diferente a lo ya descrito, es decir, que el tercer decreto de Artajerjes del capítulo 6 de Esdras, es el decreto que da inicio y cumplimiento a la profecía de las 2,300 tardes y mañanas. Debido a lo anterior, decidí escribir un libro en el que esperaba detallar todas las inconsistencias bíblicas e históricas de nuestra tradicional interpretación de las profecías de Daniel, con el propósito de darlas a conocer a nuestros teólogos de más alta jerarquía, con la esperanza de que motivara una revisión de lo que hemos creído. Después de haber escrito los primeros capítulos del libro, los compartí con decanos y catedráticos de las facultades de teología de nuestras principales universidades de México, Centro y Sudamérica, solicitando que cuestionaran lo compartido, con el sano y sincero propósito de mi parte de encontrar errores en lo propuesto. En Centroamérica, contacté con dos catedráticos ya fallecidos. Uno impartía la clase de griego, y el otro era un prestigiado teólogo, con muchos años de servicio en esa universidad. El primero, a quien conocía desde hacía varias décadas, después de leer lo compartido me alentó a publicar las investigaciones. El segundo catedrático, de origen argentino, luego de haber revisado lo investigado, me invitó a cenar en su casa, donde indirectamente también me alentó a seguir con las investigaciones, comentando que no todo está escrito y que hay verdades nuevas por descubrir. Continuará. Bendiciones.

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